Bloqueo

Hay quien dice que lo peor de escribir es enfrentarse a la temible hoja en blanco, pero mucho peor aún es la página a medio escribir. Una página en blanco es un mundo de posibilidades, todo puede pasar, y la elección entre una infinidad de historias puede bloquear  nuestra pluma o teclado; sin embargo, cuando el bloqueo llega teniendo una parte de la narración escrita, más de la mitad de esas posibilidades desaparecen, ahora el autor debe crear a partir de lo que ya ha escrito y no hay invenciones posibles.

Algo parecido le sucede al joven escritor del 4º derecha, que lleva casi tres horas sentado frente a la pantalla del ordenador, dándole vueltas a toda la historia, analizando todas las posibilidades que le quedan. Pero solo hay una opción correcta, y él lo sabe. Lo sabe perfectamente. Sabe que es la única forma de terminar su historia de manera razonable, pero no puede terminarla así, simplemente no quiere terminarla.

Ellos dos llevan ya tres horas sentados en aquel banco del parque que es solo suyo, mirándose a los ojos, buscando una respuesta el uno en el otro. Ambos se preguntan si él se levantará del banco para marcharse de una vez por todas, o si se decidirá a quedarse con ella. Si ella le seguirá o si preferirá quedarse y seguir su sueño. Y así van a seguir hasta que el joven autor decida darles un final. Un final que ya tiene pensado pero que se niega a escribir, porque el muy inocente les ha cogido cariño.

Es un gesto inocente, sí, pero a la vez es comprensible, es su primer gran proyecto. La historia en sí no es ninguna maravilla revolucionaria. Sobre el papel no es más que otro caso de chico conoce chica, se enamoran y tienen una bonita relación con algún que otro problema. Pero el joven autor del 4º derecha es primerizo, y ha puesto su corazón en esta pareja, les ha acompañado a lo largo de toda su relación, en sus momentos más íntimos. Se ha pasado poco más de dos años y medio creando la historia de estas dos personas, involucrado por completo en sus vidas. En cada mirada, en cada pelea, beso o pensamiento que hubieran tenido el uno sobre otro, él había estado presente. Y no solo en estos momentos, que habían cimentado su relación, sino en cualquier otro momento de sus vidas. Ya fuera como observador, o como creador. Él los ha creado y poco a poco se han ido convirtiendo en una parte de él. Y ahora no quiere separarles, no le parece justo.

Por otro lado, si le ha dedicado tanto tiempo a una historia de amor tan normalita, es porque quiere que quede bien estructurada, con unos personajes consecuentes, y eso impide que sea posible cualquier otra opción que no sea la separación. Porque ellos como personas, y él como escritor, han tomado una serie de elecciones que les han llevado a esta situación inevitable, sentados en aquel banco. Aunque también es cierto que, como autor, podría cambiar estas decisiones del pasado, alterarlas para que desemboquen en un final más alegre y más justo.

Podría hacerlo, en efecto, y podrían pasar dos cosas: Primero, que una vez llegado a este idílico final, la historia no resulte interesante y los puntos clave de su relación no parezcan tan importantes, ni los bonitos tan arrebatadores, que las peleas no resulten tan intensas ni las reconciliaciones tan acogedoras; o segundo, que pasando todo esto, la historia no tenga ninguna lógica, y carezca de consistencia, es decir, que no se sienta completa.

En ninguna de estas dos situaciones nuestro autor del 4º derecha se sentiría realizado como escritor, y peor aún, el público no se sentirá realizado como lector. Y aunque en la opción original esto no resultaría ningún problema, sería en el aspecto personal en el que en el que el autor no se sentiría completo. Actuaría como un dios dictador y opresor que antepone su fama a la felicidad de dos personas hacia las que siente un gran apego. Del mismo modo, sabe que esta misma pareja, al final del día, está formada por personajes, seres creados por su imaginación. Irrealidades. ¿Es capaz de fallar a los lectores, a su agente y a sí mismo con tal de asegurar la alegría de estos dos seres inexistentes?

Lo cierto es que por momentos lo cree y se lo plantea seriamente, como temiendo decepcionar a la pareja. Pero pronto recuerda que no hay forma posible de que esto ocurra, que por muy bien que los conozca, ellos no tienen constancia de su existencia, de que no los ha hecho tan perspicaces como para entender su condición de personajes dentro de una novela y rebelarse contra su autor. Llorarán y se enfadarán, sí, pero no culparán a nadie más que a sí mismos.

Al terminar la quinta hora parece decidido a poner el fin necesario a su historia. Se ha incorporado, ha juntado sus manos para estirarlas y hasta ha crujido un par de huesos.

Comienza a escribir…

Y recuerda que hay otro final posible. Un final que había descartado hace ya tiempo, pero que ahora podría no encajar mal. Uno de los dos podría, en efecto, renunciar a sus planes y sueños, para apoyar al otro y estar juntos. Habría que alargar un poco más la historia, pero podría mostrar cómo se desarrolla la relación desde ese punto. Cómo poco a poco surge el resentimiento en la persona que ha sacrificado su sueño, cómo se abre una brecha que lentamente borra el amor entre la pareja… Y así, sin odio, día a día, mes a mes, el amor desaparece por completo, hasta que un día ambos se dan cuenta de esto y descubren que no están hechos el uno para el otro, o de que han dejado de estarlo.

Ya ha descartado por completo que puedan terminar juntos, ese final no le corresponde a esta historia, eso lo tiene claro. Esta pareja, tal y como la ha creado y dirigido, no está hecha para eso. Lo que debe decidir ahora es si hacer el corte en este momento, mientras se miran el uno al otro sentados en aquel banco, colmados de amor, o dejar que la relación se muera sola. Obligarles a decir adiós debido a las circunstancias, o darles el tiempo suficiente para ver la verdad por sí mismos.

La primera ruptura es dolorosa al principio, pero como ya hemos dicho, no están hechos el uno para el otro, y terminarán superándose tarde o temprano; la segunda ofrece un sufrimiento más prolongado, no se trata de la separación forzada de un amor verdadero, sino del lento descubrimiento de que el sentimiento procesado no es el adecuado. Con una opción idealizarán a la otra persona de forma romántica, pero puede que la otra les lleve por un proceso necesario para entender qué es el amor, también se podrán redescubrir como buenos amigos en vez de como amantes, pero también es posible que la separación brusca les ayude a encontrar a la persona adecuada en otra parte.

Mientras ellos siguen en el parque, el autor deja salir un largo suspiro y se levanta de la silla para tirarse sobre la cama. Llevan ya casi seis horas sentados en ese banco que es solo suyo. Y ahí seguirán, mirándose y abrazándose hasta que el joven del 4º derecha se decida a moverles de allí.

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W

Natalia salió detrás de Mario, que  le ofrecía amablemente el brazo. Ella lo agarró, asustada, mientras miraba a todos lados.

Aceleró el paso para llegar a casa cuanto antes, pero Mario la frenó para tranquilizarla. “Eh, no pasa nada, hay agentes por todos lados. Él no podrá cumplir su promesa”. Su voz era tranquila, pero sus palabras no consiguieron calmar a Natalia, que apoyó su cabeza sobre él. Se sujetó la mano izquierda con la derecha, que había quedado libre, mientras pensaba en ese asesino.

La prensa lo llamaba “Walter” debido a la curiosa uve doble que dejaba en la muñeca izquierda después de degollar a alguien. Mario había prometido proteger a Natalia, amenazada con ser la última víctima.

Y no lo logró.

En ese momento, Walter emergió. Sacó un cuchillo por debajo de su manga libre y cortó suavemente el delicado cuello de la joven que lo acompañaba.

Avanti.

Seguir adelante. Una de las pocas cosas que sé con seguridad que hacemos de forma permanente. No importa la situación, la forma, el ritmo…

Podemos viajar perdidos, sin rumbo fijo, simplemente caminando y seguir adelante, incluso podemos girar, dar marcha atrás, y tomar un adelante diferente.

Al igual que al respirar, no siempre somos conscientes de ello, a veces incluso creemos haber dejado de hacerlo, pero aún seguimos adelante; a veces nos forzamos a hacerlo sin necesidad, y nos ponemos nerviosos y tropezamos. Pero aun así, caemos hacia adelante.

Hay a quien le llega el momento de detenerse, de decir adiós y quedarse quieto para siempre, pero que se niega a rendirse y acelera siguiendo adelante con la muerte a la zaga. Los hay también que, en la misma situación aceptan su destino y se paran, dando un paso adelante, hacia la muerte.

Ya lo reflejaron los antiguos egipcios en su escultura, pues la perfección se halla en caminar quieto, y en estar quieto caminando.

En un segundo.

Se acerca a ella por detrás, abrazándola, ambos respiran con fuerza.

-Me quieres.

-Ah, ¿Si? –responde ella riendo.

-Sí. Tú no te quedarías conmigo si te sintieras obligada a hacerlo, si no me quisieras.

-Ah, ¿No? –vuelve a reír.

-No. Si fueras así, no serías la mujer de la que me enamoré y entonces yo tendría que marcharme.

Desaparece por un segundo, pero vuelve con una sonrisa mientras se da la vuelta.

-Pues de momento márchate a la cocina –le da un beso- hoy cocinas tú.

Él devuelve el beso y va a la cocina mientras ella se queda sentada, observándole con una sonrisa. Una sonrisa falsa, por otra parte, pues en este mismo momento comienza a comprender que aquel hombre ya no está enamorado de ella. Y él ni siquiera se ha dado cuenta.

Hola, Allan.

Allan se consideraba a sí mismo, desde hace tiempo, una persona rebelde y un completo maleducado. Esto se debía a que llevaba poco más de cinco años transgrediendo una de las normas de comportamiento básicas, la única que sus padres le habían insistido desde pequeño que debía cumplir en toda ocasión y que él se había esforzado por seguir a rajatabla hasta los veintitrés años, cuando decidió que podía romper ese tipo de normas si así lo deseaba. Y en esos cinco años había conseguido ocultar semejante infracción a todos sus conocidos. Sus padres, sus amigos, su jefe… ni siquiera su novia sospechaba que en todo ese tiempo había estado evitando un protocolo social tan importante. En efecto, Allan Silveri llevaba todo un lustro sin decirle “Hola” a nadie.

No se lo decía al cansado dependiente de los ultramarinos cuando iba a hacer la compra, ni a los vecinos con los que se cruzaba en el rellano. Del mismo modo actuaba con su familia y amigos, en especial con su padre, que se había enfadado especialmente cuando, al cumplir veinte  años, le había declarado sus intenciones de no volver a utilizar la palabra hipotermia nunca más. Todavía podía recordar aquella escena, que derivó en una discusión en la que el señor Silveri reflejó con todo detalle lo estúpido que era eliminar una palabra del vocabulario personal de uno mismo, sobretodo tratándose de una palabra tan esencial como hipotermia, que carece de un sinónimo lo suficientemente válido como para sustituirla en una frase; o lo ridículo que sería, en una situación de urgencia, gritar “¡Rápido, la temperatura corporal de esta persona desciende peligrosamente a niveles por debajo de la media!” en vez en decir “¡Rápido, tenemos un caso de hipotermia!”, ahorrando un tiempo que se podría invertir en sanar al enfermo en vez de en dar explicaciones inútiles.

Allan terminó aquella discusión con un sonoro portazo. Mientras paseaba por las calles sin un rumbo fijo, se decía para sus adentros que jamás volvería a hablar con su padre. Pronto se dio cuenta de que era un castigo muy grande, pero la idea le rondó la cabeza durante días, disminuyendo la magnitud de su venganza hasta decidir que no volver a saludar con un tranquilo “Hola”, era lo apropiado. Durante los primeros días apenas notó la diferencia, pero tras dos meses siguiendo este método, pudo experimentar el placer de romper una regla sin ser descubierto. Cada vez que saludaba a su padre por la mañana con un fuerte apretón de manos y un “Espero que hayas dormido bien.”, no podía evitar compadecerse de ese hombre que nunca volvería a oír a su hijo decir “Hola” y que ni siquiera podía pedir un castigo menos cruel, ya que no era consciente de estar recibiendo uno. Poco a poco, fue extendiendo esta costumbre al resto de sus conocidos, hasta que, al pasar tres años, tenía como objetivo eludir por completo el uso de la palabra “Hola”, incluyendo sus diminutivos y el uso de su traducción a otros idiomas, e incluso hacer referencia a las olas del mar, debido a su similitud fonética.

Desde ese momento, cada vez que Allan se cruzaba con un vecino en el rellano, le daba los buenos días alzando levemente la cabeza. Una vez dado por terminado el saludo, dejaba que un placentero cosquilleo le recorriera la espalda. Entre sus amigos, aunque utilizaba el mismo procedimiento, siempre había bastado con una mirada y un movimiento de manos para que uno se diera por saludado, por lo que no era raro no decir “Hola”.

Día a día, la monotonía fue reduciendo la diversión que en un principio le provocaba esta pequeña infracción, por lo que se vio obligado a recurrir a nuevas fórmulas que le permitieran esconder su engaño con mayor elaboración. Cuanto más complicado fuera el saludo, mayor sería la satisfacción obtenida. Aunque, como todo ser humano, también tenía sus debilidades, y de vez en cuando alguien del trabajo le saludaba de improvisto en una terraza, tomando un café, y se sorprendía a sí mismo diciendo la primera sílaba de la palabra que trataba de omitir, aunque pronto reaccionaba, ocultando su desliz, diciendo con sorpresa: “¡Hombre! ¿Qué tal?”.

Cuando se encontraba de un humor especialmente bueno, por otro lado, se quitaba un sombrero imaginario de la cabeza, hacía reverencias dignas de un siervo de la corte de Versalles, o citaba a algún personaje de sus películas favoritas.

 A veces recordaba lo nervioso que se puso cuando saludó por primera vez a Natalia, su pareja:

Se había cruzado con ella un par de vece en la oficina de su mejor amigo cuando se pasaba a buscarle, y había barajado varias formas bastante originales de saludarla, no iba a presentarse a aquella chica tan mona del mismo modo que lo hacía con su vecino. Pero cuando su amigo le propuso presentarle a una compañera de trabajo, nunca imaginó que pudiera ser la misma chica, por lo que, cuando por fin estuvieron cara a cara, se quedó sin palabras hasta que ella decidió hablar primero.

“-Hola –dijo ofreciéndole la mano, acompañada de un simpática sonrisa- tú debes de ser Allan, ¿no?

-Sí, correcto –poco a poco fue entrando en sí y dándose cuenta de la situación en la que se encontraba– Encantado de conocerte, Natalia, espero que este de aquí –refiriéndose a su amigo– no te haya hablado mal de mí, porque si lo ha hecho, te puedo contar cosas peores. –ella se rió y él se relajó un poco, pero no lo suficiente como para que la maldita palabra de siempre no le dejara en paz durante toda la cita, estando a punto de salir de su boca hasta en tres ocasiones.

A pesar de esto, la cita fue bastante bien y comenzaron a verse más a menudo hasta formalizar su relación y, dos años después, irse a vivir juntos. Durante esos dos años Allan esquivó la palabra prohibida de mil y una maneras. Desde el clásico y trillado, aunque siempre útil, “Buenos días” hasta la más enrevesada de las coreografías, dando una voltereta para acercarse a ella y darle un beso, cogerla en volandas y dar vueltas sobre sí mismo, para terminar bajándola, y dejar que continuara con lo que estuviera haciendo en ese momento.

Allan se sentía muy bien cuando hacía esto, mucho mejor que en cualquier otra ocasión. Este placer era solo superado por la satisfacción que le producía vengarse tan cruelmente de su padre. Cuando le visitaba, solo podía pensar en lo mal que se sentiría cuando, dentro de muchos años, le desvelara toda la verdad. Cada vez que conversaban de política, o discutían sobre el partido del domingo, Allan veía en el café a una versión anciana de su padre, que repasaba mentalmente todas aquellas veces en las que, en efecto, su hijo había omitido de forma voluntaria un saludo tan simple como ese. Nunca pensaba en la reacción del señor Silveri tras comprender por completo la situación. Tan solo imaginar la confusión que podría generar en el futuro era suficiente para saciar su apetito. Sin embargo, cuando era a Natalia a quien le ocultaba una cosa así, no lo hacía por venganza, ni por rencor, sino porque realmente se divertía con ella.

De esto se dio cuenta una tarde, mientras volvía a casa del trabajo. Se le ocurrió también que, siendo ella el amor de su vida, era bastante cruel haber dejado de decirle una cosa tan bonita como es la palabra “hola”, sobre todo cuando el motivo era un enfrentamiento que había tenido con su padre, un señor de cincuenta años que nada tenía que ver Natalia. Tan solo pensar en lo despreciable que había sido con ella los últimos años le sentó mal. Peor aún le sentó darse cuenta de que nunca había dejado de decirle “hola”, sino que, de hecho, no se lo había dicho ni una sola vez en toda su vida, ya que se había impuesto esta norma antes de conocerla…

Decidió entonces que no podía seguir así, una cosa era vengarse de su padre o burlarse de sus conocidos, pero Natalia estaba por encima de todos ellos. Cuando llegara a casa pensaba plantarse frente a ella y decirle: “Natalia. Hola. Te quiero mucho”.

Abrió el portal decidido y subió los cinco pisos hasta su casa a pie, en vez de coger el ascensor. Iba pensando en el peso que se iba a quitar de encima. Cinco años de cansado esfuerzo desaparecerían, ocho, si se cuentan los tres años en los que se dedicó en exclusiva a vengarse de su padre. Ella se daría cuenta de que era la primera vez que le oía pronunciar esa palabra y trataría de confirmarlo con él. Entonces le contaría toda la historia, le explicaría las diferentes fórmulas que había ido creando a lo largo de los años para llevar a cabo su objetivo, y cómo se había dado cuenta de que no podía seguir ocultándole a ella algo así.

Entró en casa. Cuando Natalia fue a recibirle la abrazó fuertemente. Olvidó todo lo que tenía planeado y, entrecortadamente, logró decirle al oído, casi en susurro, aquella palabra que le había perseguido durante tantos años. Ella le dio un beso, le devolvió el saludo con su simpática sonrisa y volvió a la terraza a terminar lo que estaba haciendo. Allan se quedó ahí. Estático.

Ya había pasado todo. Sus ocho años de rebeldía habían desaparecido de un plumazo y ya podía dejar de preocuparse de como saludaba o dejaba de saludar a la gente…

Se encontraba exhausto, tanto que decidió irse a dormir. Se despidió de Natalia y se metió en la cama. Durante el desayuno le explicaría todo y ella comprendería lo mucho que él la quería.

 

Allan Silveri, el hombre que no decía “hola”, murió un veintisiete de noviembre por la tarde. Al día siguiente, el hombre que sí decía “hola” se tiró de un quinto piso. Quizás no pudo soportar la muerte de Allan.

NADA 1- Despertar.

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Abrí los ojos y no vi nada, tan solo una inmensidad blanca. No había cielo sobre mi cabeza, tampoco edificios, plantas o personas. Nada que se extendiera por el horizonte… ni siquiera un horizonte por el que extenderse.

Traté de incorporarme, pero me fue imposible, no tenía un suelo sobre el que apoyarme. Era como si flotara o buceara sin tener ningún control sobre la situación. Me llevé las manos a la cabeza, pero de nuevo, no pude. O más bien, no pude sentir el contacto de mis manos con la cabeza. Moví nervioso todo el cuerpo, como si me hubiera quedado dormido sobre mí mismo y tratara de quitarme el hormigueo, pero no pude sentir mis piernas, ni mis brazos… nada, absolutamente nada. Mi cabeza se convirtió en un bosque de interrogantes, ¿Qué hacía ahí? ¿Qué era ese sitio…? ¿Qué no era? Pero cuando intentaba recordar algo anterior a aquella nada, me encontraba con un inmenso vacío en mi memoria y nuevas preguntas sustituían a las anteriores. ¿Dónde vivo? ¿Tengo familia? ¿Qué edad tengo? ¿Cómo soy? ¿Quién soy?

Nombres, fechas, aspectos… no podía recordar nada más allá de aquel momento en el que aparecí en la nada, pero sabía que había algo más, algo inmenso que me estaba produciendo una angustia terrible. Algo tenía que haber, si no, no podría sentir que se me olvidaba… no tenía sentido…

Continué así durante mucho tiempo, a estas preguntas las sustituyeron otras, ¿habría más gente en mi situación? Pero desaparecieron igual que lo hicieron las anteriores e igual que lo harían las siguientes, junto con la idea del día y la noche, que en aquel lugar, sin sol ni luna, eran conceptos estúpidos. Hubo un momento en el que me agobié porque no sabía que iba a comer, creí que me moriría de hambre o de sed. Pero nunca llegué a sentir ni una cosa ni la otra. Del mismo modo pasó con el sueño, no sentía la necesidad de dormir. 

Pero llegó un día (por llamarlo de algún modo que puedan comprender) en que no me preocupó absolutamente nada, ninguna duda recorría mi mente, nada me provocaba la sensación de peligro, ni la de alegría, ni la de tristeza… Nada, absolutamente nada.

Fue entonces cuando volví a dormir.

Me despertó una voz suave, no sabría decir si era de hombre o de mujer, que decía “despierta, ya puedes oír”.

La chica en un sueño.

Y como San Isidro Labrador

saco del pozo de mi guitarra

la música que guía al corazón.

Mas cuando al fin nace la mañana

y sale, tras haberse ido, el sol,

despierta el sueño y muero en calma.

 

La música no inunda mi ilusión,

ni baila con ella al ritmo mi alma.

Ya está muerto de mi cuerpo el motor.

Fría, sostuviste ante mí el arma

que fue un lento adiós con decisión,

sin nombre, sin beso, sin pausa.

Al mar.

Aquella noche todo estaba en calma. Eduardo descansaba tranquilo. La casa estaba completamente oscuras y solo se oía a los gatos maullar en la calle. Él era la clase de hombre que siempre estaba tranquilo, no le gustaba salir hasta muy tarde ni que surgieran imprevistos. Si hacía un viaje, le gustaba que todo saliera tal y como él esperaba, cualquier pequeño retraso que pudiera surgir a la hora de coger un avión, o perder el equipaje, le ponía de los nervios, así que, como podrán imaginar, esa noche no iba a ser de su agrado.

Por fin había terminado el informe que debía entregar a su jefe la próxima semana, también le gustaba hacer pronto el trabajo para que no se le acumulara, y estaba deseando descansar en la cama. Todo estaba perfecto, incluso había abierto un poco la ventana para que entrara la suave brisa. Pero la brisa no duró lo suficiente para que Eduardo se durmiera, pronto el cielo empezó a nublarse y empezó a llover. Esta era la clase de imprevistos que no soportaba. Se levantó a cerrar la ventana. Las gotas de lluvia chocaban sobre esta, y eso molestaba mucho a Eduardo, porque el sonido de las gotas al chocar contra el cristal no era tan relajante como el que estas mismas hacían al caer en la calle. Cuando por fin consiguió acostumbrarse al molesto sonido y estaba a punto de dormirse, escuchó un sonido del salón, era el llanto de una mujer. Triste, vacío, apagado. “¿Es esa Alicia?” pensó “¿Por qué estará llorando?” Salió de la cama de un salto, entró en el salón y efectivamente, allí estaba Alicia, llorando sobre el sofá, tapándose la cara con la sudadera negra.

-¿Qué te pasa cariño? – Preguntó preocupado a su esposa- ¿Ocurre algo?

Alicia se zafó de él y se secó las lágrimas con la muñeca.

-No sé –Le recriminó- tú sabrás si me pasa algo.

Ella siguió secándose las lágrimas mientras él se quedó pensativo, sin saber que le podía estar pasando a su mujer.

-¿Es porque estoy demasiado ocupado con el trabajo últimamente? Ya sé que no te he estado haciendo mucho caso, pero ya sabes que…

-¡Calla! –Le interrumpió Alicia- No tiene nada que ver con tu trabajo. Lo que pasa es que desde hace tres meses no eres el mismo de antes –Una lágrima le cae por la mejilla y aterriza sobre los negros cojines del sofá- Ya casi no hablas conmigo, ya no me cuidas –Rompe de nuevo a llorar mientras Eduardo la mira impasible- ¿Te acuerdas cuando me traías una rosa todos los domingos por la tarde, después de tu paseo matutino? ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo parecido?

Eduardo comprendió lo disgustada que estaba Alicia. Entonces se levantó del sofá para coger su chaqueta, del bolsillo derecho sacó un pañuelo azul con un bordado que representaba el oleaje marino, con un barco en el centro. Le dio la vuelta, dejando ver las palabras bordadas con hilo rojo a un lateral del pañuelo: “Contigo, al mar.”

-¿Sabes lo que es esto? –Preguntó. Alicia hizo amago de contestar pero él la interrumpió- es el pañuelo que me compré en Dover, lo llevo siempre conmigo, sabes que no lo comparto nunca con nadie, como casi todo lo que tengo, pero hoy me has hecho darme cuenta de lo que significa este pañuelo, y el mensaje que tiene escrito –con cuidado, fue secándole la cara a su mujer, acariciando con cuidado sus mejillas- tienes razón cariño, cada vez soy menos cariñoso. Pero te prometo que esta semana volveré a ser el mismo de siempre. ¿Qué te parece si mañana damos el paseo matutino juntos?

En ese momento Alicia le dio un tímido beso, inició lo que podríamos llamar una tímida sonrisa y, mirándole a los ojos, respondió:

-Me parece perfecto. ¿Por qué no vas yendo a dormir? Yo iré enseguida.

Eduardo se fue contento a la cama, había dejado de llover, todo parecía ir bien de nuevo. No fue hasta que se metió en la cama, arropado, a punto de dormirse, seguro de haber salvado su matrimonio del desastre, cuando se dio cuenta de un pequeño detalle que lo incomodó más que las molestas gotas de lluvia chocando contra la ventana. Más que perder el equipaje o que retrasaran su vuelo. Alicia había fallecido tres meses atrás.

Un poco de tiempo.

Hacía mucho tiempo que no pasaba por aquel parque, demasiado. No era un parque muy grande, pero si lo suficiente como para ser uno de esos parques con un rincón apartado donde un par de niños se esconden del mundo, e imaginan millones de fantásticas historias. El parque tenía almendros, y obviamente este rincón no iba a quedarse sin uno. Todo rincón especial debe tener algo que lo caracterice, y en este caso era un almendro, pero no un almendro cualquiera. Si se tratara de un almendro corriente no sería especial, sería simplemente un rincón más parque. Este árbol era especial porque medía diez centímetros menos que los demás almendros, puede que no os parezca algo demasiado característico, es más, posiblemente estéis pensando que no se puede diferenciar algo así a simple vista. Y tenéis razón. Una persona ajena a aquel rincón no lo podría haber descubierto nunca, y sin embargo, los dos jóvenes que se escondían tras el almendro podían ver la diferencia de tamaño con una velocidad pasmosa.

Y bajo aquel árbol pasé los mejores días de mi infancia, junto con la niña más bonita del barrio. Puede que a mis cinco años de edad, y todos los cursos de primaria, eso me pareciera algo bastante irrelevante y prefiriera fingir que estábamos en un reino de fantasía, antes que quedarme todo el día embobado, mirándola. Pero desde luego me pasé los primeros años de instituto pensando que había dejado pasar la mejor oportunidad amorosa de mi vida. Tal vez si Sofía se hubiera quedado unos años más, si no hubieran trasladado a su padre, tal vez hubiera conseguido jugar bien mis cartas y habría podido salir con ella. Tal vez.

Lo cierto es que cada vez que lo pienso me parece una idea menos alentadora. Como todo adolescente, yo he sido muy idiota y he cometido ciertos errores, no son los errores más graves que he cometido, pero fueron lo suficientemente estúpidos como para que Sofía no hubiera querido tener nada que ver conmigo. Y en caso de que no los hubiera cometido, habría sido un amor de instituto. Bonito, especial, ingenuo, revelador… Y efímero, demasiado efímero como para poder disfrutar de aquella chica de pelo rizado el tiempo necesario. Poco tiempo para dar todo lo que tenía dar. Poco tiempo para recibir todo lo que quería recibir. Poco tiempo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y yo he cambiado más de lo que ha llovido. Ahora, sentado en la mullida hierba, junto al mismo almendro, que ahora resulta ser diez centímetros más alto que el resto, en el que Sofía y yo jugábamos, hablábamos y vivíamos, solo pienso en que aparezca doblando la esquina, reconozca nuestro rincón, se acerque, nos encontremos, recordemos, juguemos, hablemos y vivamos. Pero mis pensamientos se desvanecen cuando unas pequeñas gotas de lluvia, que anuncian la llegada de un tremendo aguacero, me salpican en la nariz.

Mientras camino de vuelta a mi nueva casa pienso en otros grandes recuerdos de aquel barrio en el que viví la mejor etapa de mi vida, en el que aprendí a andar, a correr, a montar en bici, a amar, a besar, a … hubo chicas en mi vida con las que sí jugué mis cartas. Pero como ya dije antes, fueron novias de instituto, chicas hacia las que guardo un gran cariño, pero novias de instituto con poco tiempo al fin y al cabo.

Entonces veo a una chica con bombín y pelo rizado, negro, tiene algo especial que hace que me quede un rato pensando. Reacciono y grito “¡Sofía!”. No se gira. “No es ella”, pienso, pero mi cuerpo se mueve hacia ella. El corazón me late con fuerza. Recuerdo el bombín, siempre lo colgaba en una de las ramas para que no se ensuciara de barro cuando llovía. Ella dobla la esquina, corro, no quiero que se me vuelva a escapar, necesito más tiempo. Doblo la esquina, ya casi la tengo al lado, la alcanzó y la cojo del brazo. Se da la vuelta.

El corazón se me cae al suelo. No es ella. Suelto su brazo poco a poco, tratando de disimular mi decepción fingiendo una sonrisa. Me disculpo educadamente, “te he confundido con otra persona” le explico mientras la sonrisa va desapareciendo de mi cara. “¿A quién?” me sorprende la pregunta, pero más aún me sorprende la respuesta: “A un ángel”. Por un momento Sofía desaparece de mi cabeza, ahora solo temo que al ángel le siente mal el comentario y se vaya, no sin antes reírse de mí. Entonces mi sonrisa reaparece y ella me la devuelve. La invito a tomar un café y caminamos hasta una pastelería con un cartel rojo y una gran magdalena dibujada.

No sé dónde estará Sofía en estos momentos, pero le estoy muy agradecido. A ella, a su bombín, a su pelo.

Sé que al final he encontrado el tiempo que necesito.

El número 45.

“Aunque las mujeres no somos buenas para el consejo, algunas veces acertamos”. Me encontraba sentado en una de las pocas mesas que había en el establecimiento mientras esperaba a que me atendieran, recordando estas palabras con las que se había despedido de mí la joven que había parado en mitad de la calle. Recuerdo que estaba buscando un sitio para comer cuando se me ocurrió preguntar a los transeúntes. Acabé preguntando a una joven que, a pesar de parecer completamente distraída, fue la única persona que no ignoró los “perdone” y “disculpe” que lanzaba para llamar la atención de los viandantes.

–Perdona, –dio una especie de respingo y me miró fijamente- ¿sabrías decirme un buen sitio para comer por este barrio? –me pareció sonar un tanto brusco, pero se lo achaqué al hecho de recibir la atención de alguien. De todos modos no debí de parecérselo porque me contestó con un tono muy amable.

–Por supuesto, –dijo– mira, si sigues recto por la avenida desde esta acera, llegarás a una pastelería con un cartel rojo, está en la calle de los cerezos en flor. Bien, cuando llegues a esa calle busca el número 45, allí encontrarás un local con la fachada negra, es bastante discreto, pero la comida está muy bien. Tienen un poco de todo, comida china, pasta, carne, pescado, pizza –en el momento en que mencionó la palabra pizza se me iluminaron ligeramente los ojos– pollo… en fin, un poco de todo.

–Muchas gracias, –la interrumpí, tratando de ser todo lo cortés posible– creo que iré a probar a ver si hay suerte. –soltó una sonrisa discreta y, mientras se alejaba en la dirección contraria a donde me había indicado, me dijo:

–Aunque las mujeres no somos buenas para el consejo, algunas veces acertamos– ensanchó la sonrisa, dobló la esquina y se perdió entre la gente.

Puse camino al restaurante que me habían recomendado, decidido a pedir una pizza, la idea había entrado en mi cabeza y no iba a salir fácilmente de ahí. Para distraerme por el camino, medité las últimas palabras de la joven, que se había marchado sin darme tiempo a preguntarle el nombre del establecimiento. Conocía la cita por supuesto, me la habían enseñado en el instituto, pero no alcanzaba a entender que quería decirme con eso. ¿Había pensado esa chica que dudaba de su recomendación? He de decir que me había causado buena impresión y que era bastante guapa. Desde luego, me habría gustado haberle preguntado, no solo el nombre del restaurante, sino el suyo propio.

Doblé la esquina en la calle de los cerezos en flor al ver la pastelería que me había mencionado, y por un momento estuve tentado a abandonar la búsqueda del restaurante y sentarme a tomar un café con una magdalena, pero la idea de la pizza seguía sin salir de mi cabeza.

Continué pensando en aquella chica, intenté quitarme de encima la idea de intentar establecer una relación con ella. Sabía que no la iba a volver a ver, además siempre he sido muy tímido, demasiado en mi opinión, ni aunque me la cruzara en la siguiente esquina habría podido decirle nada.

Finalmente llegué al número 45 y vi el restaurante. Lo primero que hice fue comprobar cuál era su nombre. Para mi sorpresa, no había ninguno escrito en la fachada. Me resultó extremadamente confuso, ¿cómo podía saber la gente que eso era un restaurante? No había nada que lo indicara. Decidí asomarme por la ventana pensando que, siendo esa su publicidad, no podría estar muy lleno. No me equivoqué. El restaurante, aunque no estaba muy seguro de poder calificarlo como tal, estaba absolutamente vacío, tampoco vi a nadie que se encargara de atender el local. Por un momento pensé en la posibilidad de que estuviera cerrado, pero reparé en la presencia de un pequeño cartel, el único cartel, de hecho, que decoraba la puerta del local y que indicaba que me encontraba ante un negocio. El cartel rezaba “Abierto”, así que tiré de la puerta y entré.

Lancé un tímido “Hola” que no recibió ninguna respuesta. Repetí el saludo varias veces elevando el tono hasta que me di cuenta de que allí no había nadie y del ridículo que debía de estar haciendo. Di una vuelta por el local. Desde fuera no me había fijado, pero era bastante pequeño, apenas contaba con cinco mesas bastante modestas y en la barra los vasos no llegaban a diez. Medité la opción de irme de ese lugar y decidí que era lo más lógico. Aquel sitio había sido malamente abandonado y la joven que me había llevado hasta él llevaba mucho tiempo sin venir. Este no era el sitio del que me había hablado, no podía serlo, me habían enumerado una variada lista de platos de entre los que elegir el más apetecible y desde luego en ese sitio no iba a poder disfrutar de tal placer. Cuando finalmente tomé la decisión, me percaté de que me había sentado en una de las mesas y de que estaba bastante cómodo. De un momento a otro, la idea de quedarme allí no parecía tan disparatada. Todavía estaba dándole vueltas al extraño cambio de opinión que había sufrido, cuando la puerta se abrió y una figura femenina entró rápidamente, se metió detrás de la barra y empezó a decirme:

–Siento mucho el retraso, la tienda estaba llena de gente. – hablaba rápido, con la misma velocidad con la que sacaba varias salsas de la bolsa. – Ahora mismo te preparo la comida. – Para decir esa última frase dirigió su vista hacia mí y pude ver que se trataba de la chica que me había recomendado el local. Muchas preguntas me llegaron a la mente, pero en ese momento solo llegué a replicarle que todavía no había pedido nada.

Con la misma agilidad y velocidad de las que hacía gala desde que había entrado, empezó a guardar todo lo que había sacado de las bolsas dentro de la cocina, mientras me explicaba que ya sabía que quería.

–Me he fijado antes, cuando te guiaba hacia aquí –me indicaba sin parar de moverse– te cambió la mirada y me di cuenta de que habías oído lo que querías. Así es como trabajo, –se metió en la cocina y me dejó solo.

Aproveché que volvía a estar solo para repasar todo lo que acababa de ver. Decidí que tenía muchas cosas que preguntarle a la mujer que regentaba ese sitio y cuyo nombre desconocía. Lo único que pude sacar en claro es que, si había notado mi reacción al oírla hablar de pizza, pronto iba a estar probando el manjar que me había sido prometido. Las últimas palabras que me había dicho en la calle volvían a sonar en mi cabeza.

Cuando por fin salió con el plato en la mano, traté de disimular mi cara de decepción, no quería volver a ser descortés, sobre todo si quería satisfacer mi curiosidad. Obviamente la capacidad de observación de la camarera no era tan buena como me había hecho creer. Dejó el plato de pescado con salsa tártara en la mesa y, sin rechistar, empecé a comer. Como el sitio estaba completamente vacío, se sentó a mi lado y me preguntó qué tal estaba. Mentí diciendo que era lo que esperaba, pero no lo hice cuando le dije que estaba delicioso. Ella sonrió satisfecha y decidí preguntar sobre el restaurante. Ella respondió sin timidez, cosa que admiré y llegué a envidiar, la conversación siguió durante largo rato después de que hubiera terminado de comer.

Fue así como supe que se llamaba Sofía, y que aquel restaurante era el sueño de su vida. Se había criado con su abuelo, oyendo historias y viendo películas que reflejaban todo el encanto de los locales clandestinos. El misterio, la confidencialidad y la recomendación boca a boca la enamoraron en seguida. Como no sabía exactamente cuánta clientela iba a tener con un negocio que solo pretende ser conocido mediante un sistema de comunicación tan simple, decidió que lo mejor sería saber primero que iba a querer el cliente, y luego comprar lo necesario. Es cierto que en un primer momento, la espera me resultó me resulto incómoda y bastante inútil, pero debo reconocer que le añadió cierto encanto al modelo de local clandestino.

Terminamos de hablar e intercambiamos números. Pagué. Nos despedimos. Me fui.

Solo he visto a Sofía una vez fuera del restaurante. Siempre que voy a comer y a visitarla, un par de veces al año, me quedo lo que dura nuestra conversación, no más tiempo del necesario. Las comidas que he tenido allí han sido las mejores de mi vida, y es por eso que te digo, querido amigo, que si alguna vez tienes la ocasión, vayas al número 45 de la calle de los cerezos en flor, entres en el local de fachada negra y dejes que la camarera te ayude a elegir plato, seguro que te aconseja bien, algunas veces acierta.